Agravios, Acuerdos de Realidades y la Sanación que Viene de Dentro

Agravios, Acuerdos de Realidades y la Sanación que Viene de Dentro

La Ilusión de la Separación y el Despertar en el Presente

Presencia en el Presente

El presente sin cargas: la naturaleza existiendo en el ahora.

Habitar el presente con absoluta presencia es el movimiento más sanador que puede existir. Las heridas que nacen de la separación se desvanecen, al igual que las aflicciones. Solo estás, solo eres, sin distinguir entre el objeto y el observador.

En ese instante preciso se borra el tiempo e, incluso, desaparece la percepción del espacio y de quien lo ocupa. Allí, en esa quietud, reside el milagro, la salud, la alegría y la acción inteligente, limpia de cualquier carga pasada. Estando en el Ser, no creo, tengo la certeza; la ilusión de un cuerpo aislado de su entorno, simplemente, deja de existir. Todo es pura e infinita Conciencia.

Sin embargo, también experimentamos esta realidad terrenal, producto de múltiples factores que igualmente la conforman. Transitamos regidos por un banco de memorias que utilizamos para mantener al individuo al margen del resto. Llevamos intrínsecamente en nuestros genes un instinto de resguardo; es un motor, un incentivo al movimiento. Pero al encender esa necesidad de protección, nace el miedo y, con él, la frontera imaginaria donde existo yo y existe el mundo.

Así, oscilamos constantemente entre dos estados: operar desde el temor (la Separación) o desde el amor (la Conciencia de Unidad).

El Peso de las Creencias

Como seres creadores, materializamos aquello en lo que creemos. Entre grupos de individuos formamos pactos colectivos para sostener esas ideas, y esas convenciones terminan esculpiendo nuestro entorno. Muchas de estas memorias vienen grabadas en el ADN, un condicionamiento tácito y ancestral que se hace evidente al observar cómo otras especies nacen con comportamientos instintivos ya adquiridos. Heredamos fobias cuyo origen desconocemos, pero que nos siguen afectando.

A este equipaje le sumamos nuestros propios recelos. La mente etiqueta rápidamente cualquier situación para defendernos a medida que crecemos, nos educamos, pasamos por la escuela o la religión. Hemos funcionado desde el miedo, una inercia profunda que irremediablemente me recuerda al mito de la caverna de Platón.

Nada de esto es nuevo en la teoría, lo sabemos. Pero al haber permanecido tanto tiempo en esa sombra, resulta difícil imaginar la Unidad, donde la presencia es una forma natural de existencia. Al adentrarnos en nosotros mismos, aunque hayamos habitado la individualidad, algo en nuestro interior reconoce la verdad y nos empuja a buscar la Completitud.

El problema surge cuando, al no saber aún cómo diferenciar ni encarnar ese amor, emprendemos la búsqueda a ciegas. Teorizamos sobre la espiritualidad y ponemos palabras a lo inefable. Es en este punto donde inmensas corrientes se erigen sobre el mismo nivel de conciencia del que intentan escapar.

Caemos en ellas por inercia. Buscamos la luz a través del control y comenzamos a tejer supersticiones para escudarnos. Creemos que otro, con sus prácticas energéticas, nos ha hecho daño, y confiamos en salvarnos a través de ritos, sabiendo en el fondo que si alguien es "salvado" es porque otro ha sido condenado. La angustia toma el timón de la práctica espiritual, y sin quererlo, seguimos llenando nuestro costal de dogmas. Asumimos que actuamos desde el Ser, cuando allí no hay defensa, solo quietud. Mientras haya necesidad de protección, hay separación; aún no es Conciencia de Unidad.

El Despertar del Darse Cuenta

Compartir esto no busca articular una fractura más. No se trata de juzgar a quienes transitan por esos métodos, ni de crear una barrera entre los que "saben" y los que "no". Todo, absolutamente todo, pertenece a la totalidad. La misma experiencia, con todos sus desvíos y espejismos, nos va llevando irremediablemente hacia el reconocimiento de lo que realmente somos.

No obstante, es una verdad innegable: el camino se vuelve infinitamente más ligero cuantas menos armaduras agreguemos a nuestra espalda y cuanta más consciencia pongamos en desarticular las que ya llevamos. No quiere decir que se desprecie el intelecto o la planificación, pues como humanos forman parte de nuestra naturaleza; pero sin amor, sin Unidad, es una vida incompleta. Aunque se teorice mil veces, la única manera es experimentarlo, es darse cuenta.

Si seguimos generando pactos fundamentados en la superstición, esta realidad fragmentada seguirá activa y presente.

Solo me queda una pregunta resonando en el aire: ¿Qué pasaría en mi ciudad si cada Ser viviera desde la presencia durante un solo segundo? ¿Qué pasaría en la Tierra si cada Ser habitara la presencia un segundo? Si durante un solo instante todos nos pusiéramos de acuerdo a la vez, esta realidad se modificaría por completo. Porque allí donde se instaura la presencia, esta realidad se desvanece y se vuelve una simple ilusión.

Manuscrito original en el cuaderno

El pulso original del texto. Escrito en la quietud de la libreta.

Gracias por acompañarme en la lectura de este proceso íntimo. Mi único propósito al desvestir estas reflexiones es ofrecer un espejo en el que podamos mirarnos juntos, para ayudarnos a desmantelar la más dolorosa de nuestras ilusiones: la creencia de que estamos separados de nuestra sombra, del mundo y, sobre todo, del amor mismo.

Este reconocimiento, sin embargo, no se agota en estas líneas. Si este relato ha tocado alguna fibra en tu interior, te invito a continuar este viaje a través de los sonidos de mi música, o a sumergirte en las páginas de mi libro. Allí, esta misma filosofía abandona las palabras para tomar otras texturas, otras melodías, diseñadas para acompañarte en tu propio regreso a casa. Porque al final, ya sea a través de la tinta sobre el papel, de un acorde rasgado en el silencio, o de la plena aceptación de nuestro miedo, todos estamos caminando de vuelta hacia el mismo océano.

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Un solo Corazón. Una sola Consciencia. Un solo Ser.

Gracias por caminar en la Senda.

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