El peso de la Creencia y el Segundo de la Certeza

El peso de la creencia y el segundo de certeza

La tiranía del intelecto y el retorno a la Presencia

La disolución de la forma en el vacío

Foto de Nick Fancher. Enlace para contratación

Cuando la mente toma el control de lo que debería ser el ámbito de la espiritualidad, lo infinito queda atrapado en lo finito.

Ayer, en medio de una conversación familiar, tuve la oportunidad de observar este fenómeno de manera descarnada. Al abrirme y mostrar una parte profunda de mí —aquel proceso y ese instante de claridad que me aportó certeza en este mundo mental—, pude ver cómo operan los engranajes del intelecto. Sobre la mesa flotaba el debate en torno a un libro famoso sobre la supraconciencia y las experiencias más allá de la muerte, escrito por un cirujano.

Observando la dinámica de la charla, me di cuenta de algo profundamente revelador: la inmensa necesidad que tiene la mente egoica humana de buscar pruebas tangibles para atreverse a creer en lo intangible. Había en el ambiente una postura común: la de ese mundo plenamente mental que exige pasar lo infinito por su propio filtro. Queremos pruebas científicas para avalar aquello que no se puede medir, y al hacerlo, seguimos manejados por la postura clásica de la mente: el creer o no creer.

Frente a la postura de la mente egoica se alzaba la inmensidad de la conciencia infinita. Y allí asomó el tema de las vidas pasadas, el compendio de situaciones asociadas a ellas y la famosa rueda de reencarnaciones del Samsara.

El inmenso vacío y el miedo a no Ser

Debatían sobre un libro que no había leído y un video que tampoco había visto. En ese momento, en lugar de entrar en la dialéctica de ese mundo de creencias típico de la mente egoica, sentí que era necesario detener el ruido. Comprendí que el verdadero trabajo, el más crudo y hermoso, es exactamente el opuesto: vaciarnos de creencias y dogmas.

Entrar y hablar de Conciencia es hablar de aquello que el intelecto humano no puede comprender. El cuerpo y la mente se manejan desde la finitud; desde allí, resulta aterrador comprender que somos infinitos, sin espacio o tiempo. Que somos aquel inmenso vacío que el ego teme experimentar, porque de hacerlo, simplemente dejaría de existir.

Pero el ego no comprende que nunca ha existido realmente, aunque, a su vez, lo ha sido todo siempre.

Ve hacia adentro y observa: ¿quién mueve tus manos? ¿Quién mira por tus ojos? No hablamos de impulsos nerviosos o del cerebro. ¿Quién observa más allá de tu propia mirada? ¿No es acaso un inmenso vacío que el yo individual se apresura a llenar de creencias, apegos e identidad para justificar su existencia? Tememos Ser Nada, ignorando que precisamente allí, en esa Nada fértil, se crean todas las formas y sus experiencias.

Aun así, lo que experimento, incluso esta representación, es un reflejo mínimo de todo aquello infinito que Es. Observo la conciencia que soy manifestando cuerpos desde la Nada; formas que en su esencia son la Conciencia misma viviendo todas las experiencias simultáneamente. Son solo un reflejo y no el Todo, porque es la Nada manifestando el Todo.

El paquete de datos y la ilusión de la rueda

La conciencia-mente, en su poder creador, revive en cada cuerpo aquellas creencias que ha decidido transitar. Desde mi observación, he llegado a una certeza: mientras más creencias suelto, más libre soy. Mi mente adquiere entonces una mayor capacidad de abarcar las experiencias de la conciencia; aquellas que siempre han estado allí, pero que nunca pudo comprender por culpa de sus propias barreras autoimpuestas.

Si la Conciencia lo es Todo, abarca aquello que percibimos como mente o no-mente, el espacio y el no-espacio, el tiempo y la eternidad. En la Conciencia y en la Nada todo fluye; no hay necesidad de entender lo que se Es, ni hay necesidad de alcanzar ninguna meta, porque ya se es en este eterno presente.

No existe un pasado que resolver. En la conciencia no existen las razones, simplemente se Es. Si la Conciencia es infinita y lo experimenta todo en un eterno presente, ¿existe realmente el concepto de vidas pasadas? ¿No será la rueda del Samsara —con su idea de castigo, aprendizaje lineal y evolución— otra invención de una mente que necesita medir el tiempo para sentir que tiene un propósito? ¿Y si la experiencia es, simplemente, experiencia libre de deudas kármicas?

Evidentemente, hay muchas cosas en este mundo que nos llevan a afirmar que hemos tenido vidas anteriores. Pero, mirado con perspectiva, cuando un cuerpo muere y ese Ser se expande de nuevo en su totalidad, ¿qué ocurre con ese denso paquete de datos al que llamamos mente?

Ese paquete, construido a base de creencias y apegos, posee un peso que lo ata a la ilusión de la materia. Si nuestra mente cree en vidas pasadas y en deudas kármicas que saldar, ese paquete de datos buscará un campo mental perfecto al que integrarse. Operaría casi como una parasitación en un huésped apto, transmitiendo de nuevo imágenes pasadas y creencias, e inmediatamente contaría esas experiencias como suyas. Muchas veces, estos paquetes de datos se sueltan del transmisor y los recibimos; otras, se quedan huérfanos y se adhieren a una conciencia-mente compatible.

El camino de menor resistencia

Es aquí donde radica la urgencia de soltar creencias y apegos, pero no desde el «debería Ser», sino desde el Sentir. Desde una plena conciencia de las creencias de las cuales me apego para seguir viviendo en la mente.

Cuando decidimos encajar en el "debería ser" —debería ser menos mental, debería ser más espiritual—, sigue siendo la mente egoica la que quiere tomar el control de su propio proceso. El vacío de creencias es el mejor silencio para que la conciencia se manifieste libre de culpas, vergüenzas y deudas.

La clave es la plena aceptación de que no controlamos absolutamente nada. Y si acepto y fluyo con lo que soy, quitando los "debería", encuentro el camino de menor resistencia. Y el camino de menor resistencia es siempre el que menos sufrimiento trae.

La mente no es el enemigo; es simplemente la herramienta que, en su limitación, cree llevar el volante de nuestra existencia. Luchar contra ella para intentar dominar el proceso de la conciencia solo genera fricción, y en esa resistencia radica la raíz del dolor humano.

Porque llega un instante en que la Conciencia, simplemente, irrumpe. Es un segundo tan potente, tan absoluto, que lo borra todo. En esa fracción de tiempo, te entrega la certeza de todo aquello que Es. Y en ese preciso momento, la mente egoica no tiene nada que hacer. No tiene jurisdicción. Simplemente, se borra ante la inmensidad del Ser.

La indagación final

Para asomarnos a ese segundo de certeza, basta con hacernos las preguntas fundamentales y sostener el silencio que dejan a su paso:

  • Aquello que observa y mira detrás de mis ojos, ¿es mi cerebro, un impulso, o es algo a lo que llamaría Yo?
  • Aquello que llamo Yo, que observa todo, ¿tiene forma? ¿Es algo? ¿Tiene luz, tiene olor?
  • Aquello que observa por medio de este cuerpo, ¿es finito o infinito?
  • Eso que observa, ¿puede sentir rencor, o el rencor es solo una experiencia que, una vez sentida, se desvanece?
  • ¿Qué es lo que queda de mí cuando estoy desprovisto de creencias? ¿Entonces soy mis creencias?

Al saber que Soy, se borran los dramas, las deudas, las pruebas y la necesidad de querer entenderlo todo. Se fluye, plenamente, en agradecimiento.

Porque entre experiencia y Experiencias, siempre queda, existe y es la Presencia.

Gracias por acompañarme en la lectura de este proceso íntimo. Mi único propósito al desnudar estas reflexiones es ofrecer un espejo en el que podamos mirarnos juntos, para ayudarnos a desmantelar la más dolorosa de nuestras ilusiones: la creencia de que estamos separados de nuestra sombra, del mundo y, sobre todo, del amor mismo.

Este reconocimiento, sin embargo, no se agota en estas líneas. Si esta historia ha tocado una fibra en tu interior, te invito a continuar este viaje a través de los sonidos de mi música, o a sumergirte en las páginas de mi obra. Allí, esta misma filosofía abandona las palabras para adoptar otras texturas, otras melodías, diseñadas para acompañarte en tu propio regreso a casa. Porque al final, ya sea a través de la tinta sobre el papel, un acorde rasgado en el silencio, o la plena aceptación de nuestro miedo, todos caminamos de vuelta al mismo océano.

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Un solo Corazón. Una sola Conciencia. Un solo Ser.

Gracias por caminar el Sendero.

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