El Eco del Ser
De la Creencia a la Certeza del Corazón
Foto de @tubongmagu. Enlace al autor
Habitar la Unidad no es un dogma que debamos sostener desde la fragilidad de nuestras creencias; es una tangibilidad rotunda. A menudo, cuando transitamos los senderos de la espiritualidad, caemos en la inercia de teorizar lo inefable, asumiendo conceptos autoimpuestos que nos alejan de la única verdad innegable: la experiencia directa. Hoy siento el pulso de desnudar mi propia vivencia. Quiero hablar de la soberanía de ese canal íntimo, de ese regalo inconmensurable que es dialogar, sin intermediarios, con el sentir de mi propio corazón.
Fue en la densidad de una crisis donde el velo comenzó a rasgarse y mi Ser interior empezó a revelarse. Habitaba en la fisicalidad de este cuerpo, sí, pero simultáneamente se desplegaba como un yo inmenso, un observador que mi mente intentaba decodificar como procedente de otro espacio dimensional. Era profundamente yo, pero un yo expandido, abarcando simultáneamente múltiples realidades. Aunque el lenguaje humano se asfixia intentando enmarcarlo, la sensación era literal: podía percibir la resonancia de otros estados, la sutileza de otros cuerpos, y en el fondo de esa inmensidad, seguían siendo inconfundiblemente yo.
El Idioma del Ser
En este sagrado diálogo descubrí que para el Ser no existe el "no". Su idioma no entiende de negaciones ni de la dualidad que fragmenta el mundo. Cuando la respuesta era afirmativa, irrumpía como un "sí" alegre y absoluto, manifestándose a través de una expansión física que desafiaba mi propia biología. La caja torácica entera se engrandecía, llenándose de un espacio infinito. No era un mero reflejo corporal; era la presencia misma de mi Ser, ensanchándose para abrazar la experiencia.
Hubo días de profundo silencio, de aparente soledad frente al peso de esta realidad tridimensional y sus encrucijadas. En una de esas pausas, ante una decisión vital, me pregunté internamente: ¿Debería hacer esto? De forma inesperada, el corazón respondió con ese ensanchamiento energético abrumador. Era su "sí". Comencé entonces a rendirme a ese compás, a permitir que el Ser guiara mis pasos a través de esa lectura sutil del momento.
Fue esa brújula la que desarticuló mi inercia, la que me retiró de mi antiguo trabajo para devolverme a mi centro. Me impulsó a habitar únicamente aquellos espacios y prácticas que hacían que el pecho se expandiera. Y es por esa misma guía insobornable que hoy estoy aquí: compartiendo mi voz, escribiendo, cantando y fluyendo en la creatividad sin fronteras.
En otras ocasiones, su manifestación prescindía de cualquier pregunta. De la nada, sentía cómo me declaraba su amor infinito. Su manera de expresarlo era engrandeciendo el corazón y meciéndolo suavemente de un lado a otro en un movimiento circular. Era la danza de mi propia esencia celebrando su existencia, amándose a sí misma con una alegría desbordante, utilizando ese movimiento inédito como lenguaje.
Los Puentes de Transición
Al observar este camino en retrospectiva, honro con profunda gratitud los puentes que me ayudaron a cruzar hacia esta certeza. Herramientas hermosas que sirvieron como llaves cuando aún transitaba la búsqueda. La meditación del libro Viviendo en el Corazón de Drunvalo Melchizedek fue uno de esos primeros faros, conduciéndome hacia un espacio limpio donde la mente —y su laberinto de palabras que dividen el mundo— no tiene jurisdicción.
Luego se sumaron enseñanzas invaluables: ejercicios como el de David Mata, utilizando la respiración y el tacto del puño para anclar la consciencia en los latidos; y más tarde, la guía de mi amigo David García, que me ayudó a integrar el desdoblamiento para, literalmente, aprender a habitar el corazón. Estos maestros y sus prácticas no fueron simples métodos; fueron los lenguajes sagrados de transición que prepararon la tierra. Fueron los detonantes perfectos que acompañaron a mi consciencia hasta que la experiencia cobró vida propia. Hoy comprendo que, aunque esos ejercicios abonaron el terreno con inmensa belleza, el contacto soberano con el Ser —que a su vez es Uno con el Todo— es un salto que trasciende el andamiaje de cualquier técnica; un amanecer que ya estaba destinado a ocurrir.
La Sinfonía de lo Cotidiano
Y quizás lo más fascinante de residir en esta completitud es descubrir que el Ser no solo habita en el silencio místico, sino que se deleita en la vibración de lo cotidiano. Qué conmovedor fue escuchar The Host of Seraphim y sentir cómo mi interior me expresaba, desde una energía sutil y plenamente consciente, cuánto le fascinaba esa melodía, sugiriéndome incluso la idea de hacer un cover con mi propia voz.
O esa chispa cómplice y misteriosa al nombrar a Pedro Pablo Rubens en mis notas, un guiño del destino donde el arte siempre termina entrelazándose con la vida.
Por fin he encontrado el valor para desvestir esta anécdota fundacional, la misma que dio origen e inspira el nombre de este rincón: Eco del Ser.
Esta travesía me ha dejado una evidencia imborrable: somos inmensidad pura, entidades multidimensionales que, al encarnar aquí, experimentamos múltiples realidades, algunas de forma nítida y otras bajo el velo del olvido. Esta aparente solidez que nos recubre es solo un espejismo; el tiempo, sencillamente, no existe. Todo lo que he relatado no pertenece al reino de las ideas teóricas; es una tangibilidad que cualquiera de nosotros puede experimentar cuando nos atrevemos a escuchar. El único éxodo real es hacia adentro, porque allí, en la inmensidad del pecho, la Unidad nunca dejó de ser nuestra única realidad.
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Un solo Corazón. Una sola Conciencia. Un solo Ser.
Gracias por caminar el Sendero.
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